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La leyenda nos cuenta que desde lo alto de las montañas, la tibia brisa y el espeso verdor de la hermosa cordillera dan vida a la historia de una intensa pasión. En el recuerdo de los años 40 reside el alba de un amor celeste por la tierra, sus marrones, el esmeralda y el rubí inspirador que de ella brotaba.
El ocaso creaba el templo natural de un romance juvenil. Entre los frondosos arbustos, sonrisas e inocentes retos se unían a la sinfonía nocturna mientras dos miradas cruzaban seductoras intenciones. Un conspirador firmamento disminuía la intensidad de la luz, mientras aumentaba la del deseo.
Así, durante el tibio ocaso, lazos esmeraldas y rubíes se entrelazaban, como si un río de emociones se desvaneciera entre las raíces del cafetal. Así nació el sabor de la pasión. Un sabor que deleita el paladar y estimula el romanticismo logrando dar vida al espíritu y creando las historias de pasión que aún no han sido escritas.
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